Corría el año 2000 cuando Catalina Escobar, una exitosa administradora de empresas,casada de Guillermo Gómez, trabajaba como voluntaria en un hospital de la ciudad de Cartagena. Allí fue testigo de tristes historias, protagonizadas por jóvenes madres de escasos recursos económicos, que sufrían los embates de las labores de parto y la crianza de sus pequeños hijos, expuestos a enfermedades y con expectativas de vida cortas y en condiciones poco dignas.

Sin embargo, ninguna de estas experiencias pudo prepararla para afrontar su peor pérdida: la caída desde un balcón de Juan Felipe, su segundo hijo, quien falleció con tan solo dieciséis meses de vida. La tristeza, la culpa, la soledad y la depresión, fueron sus incansables compañeros durante la elaboración de su duelo. Catalina, aguerrida, se enfrentó a un dolor que no tiene nombre: perder a un hijo.

Pero no solamente las pruebas más difíciles están relacionadas con el amor filial.Poco más de catorce años después de que Catalina tuviera que vivir semejante tragedia, el país entero conoció una escalofriante historia de venganza contra una mujer, esta vez, en Bogotá. El 27 de marzo de 2014, un hombre perturbado se acercó a la portería de un edificio, preguntando por Natalia Ponce de León, a quien señaló como su pareja. Cuando ella estuvo lo suficientemente cerca, sin saber exactamente quién preguntaba por ella, le arrojó un ácido que le causó fuertes quemaduras en su cuerpo.

Por aquel entonces, los noticieros y los diarios llenaron sus encabezados con todos los hechos relacionados con este suceso, que conmocionó al país entero y encendió las alarmas respecto a la violencia de género. Natalia, una mujer joven llena de proyectos y retos, que rechazó las pretensiones de un hombre en pleno ejercicio de su derecho a decidir libremente sobre su vida, tuvo que someterse a decenas de cirugías, a dolores físicos inimaginables, y a la profunda tristeza de ver que su vida había cambiado para siempre de una forma tan triste.

Ambas historias difieren respecto a sus causas, pues mientras la primera tuvo que ver un fatal accidente, la segunda fue originada por un acto de venganza totalmente reprochable. No obstante, están unidas por un dolor que, si bien no merecían,les permitió demostrar su capacidad de transformar una experiencia negativa en una vivencia positiva.

El profundo cariño y respeto que siento por ellas, y la calidez que han demostrado, me llevan a sentirlas tan cercanas como para llamarles cariñosamente Cata y Nata. He conocido la batalla que ambas han enfrentado, acompañadas de sus seres queridos y de equipos profesionales, para lograr transformar el interrogante “¿Por qué a mí?” en “¿Para qué sucedió todo esto?”.

Cata,para homenajear a su hijo, creó la fundación Juan Felipe Gómez Escobar que, de acuerdo con su página web, “(…) actúa para mejorar la calidad de vida de la población infantil y adolescente en situación de pobreza, principalmente en la ciudad de Cartagena de Indias. Sus dos objetivos estratégicos son: la reducción de la mortalidad infantil y el empoderamiento de madres adolescentes, a través de programas enfocados en atención integral en salud, cuidado psicológico y afectivo y en formación para el trabajo.” De otra parte, Nata creó la fundación Natalia Ponce de León, “(…) para defender, promover y proteger los derechos humanos de las personas víctimas de ataques con químicos.”

Nata y Cata encarnan, de un modo inigualable, el valor y la fortaleza de la mujer colombiana. Ambas han pasado por situaciones que nadie desearía, pero han sabido hacer de ellas, un motor de transformación para ayudar a otras personas.Lejos de consumirse en la pena, ambas comprendieron a tiempo que no nacieron para ser víctimas, sino para escribir historias diferentes.

Sus obras han sido merecedoras de importantes reconocimientos nacionales, como la otorgada por el Congreso Colombiano a Natalia Ponce de León, cuyo nombre comparte con una Ley que protege a las personas que han recibido ataques con ácidos; e internacionales, como el que le otorgó Melania Trump a Nata; o los galardones otorgados por el canal CNN, el World Economic Forum y Clark University a Catalina Escobar.

Sin embargo, la enorme generosidad de estas mujeres que convirtieron una tragedia en servicio, permiten deducir que la mayor satisfacción para sus humildes corazones, proviene de cualquier mínimo gesto de agradecimiento de todas las personas que se han beneficiado de sus obras. Mujeres como Nata y Cata, ponen en duda que el femenino sea el sexo débil, y en general, que haya razones para correlacionar un género con un rasgo de debilidad. Colombianas como Nata y Cata, dejan en evidencia que podemos estar más allá del conflicto, el narcotráfico y la corrupción.