¿Recuerdas la última vez que escuchaste algo trágico? ¡Yo lo recuerdo como si hubiera sido ayer!  Ah esperen un momento si fue ayer, y la semana pasada y el mes pasado y todo lo que lleva este año. Lo que pasa es que ya es “normal” escuchar este tipo de noticias que se ven opacadas por el mundial de fútbol, la canción de moda o la primicia en chismes.

Hoy más que nunca recuerdo el llanto de las mujeres que buscaban dentro de cuerpos descompuestos los rostros inocentes de sus hijos, los niños que narran cómo vieron morir a sus padres y hermanos, las mujeres que fueron violadas y los hombres que huyeron con una cobija en mano y una gallina de su tierra.

Pero  más allá de la desesperanza, el llanto y el dolor irremediable, estas personas nos enseñan el valor, el coraje de contar, de dar testimonio y de luchar, de luchar en contra del conflicto, en contra del olvido, en contra de la repetición y no menos importante, en contra de la naturalización y estigmatización. El arte se ha convertido en una herramienta de denuncia y canalización del dolor.

Por eso, en el seminario de narrativas testimoniales del conflicto, podemos evidenciar que la historia del dolor puede ser narrada por el otro, y cuando hablamos del otro hablamos del subalterno, del olvidado, del trabajador, del campesino, de la mujer, del niño, del homosexual o cualquier integrante de la comunidad LGBTI. Cuando hablamos del otro también hablamos de nosotros, porque es aquí donde el dolor se vuelve colectivo y la reparación es el objetivo en el que se concentra la lucha.

A través de cantos como los de Augusto Ojeda, Simeón Noguera, Víctor Hugo Rodríguez o Afromarimba en TOCÓ CANTAR, las exposiciones de Jesús Abad Colorado y Manuel Echavarría (el tablero del olvido), los documentales como el árbol de la muralla de Tomas Lipgot o No hubo tiempo para la tristeza del CNMH, la poesía afrocolombiana o los cantos sentidos de aquellas madres que perdieron a sus hijos en la guerra, podemos darnos cuenta que el arte nos convierte no solo en espectadores, también nos convierte en víctima, en desplazado, en exiliado, en desaparecido.

El arte nos permite conocer la guerra que no hemos visto o que nos negamos a ver, este nos permite escuchar la voz de muchos de los silenciados y construye nuevas formas de narración, nuevas formas de resistencia, no solo es arte, es vida, es testimonio. Las mujeres de la ruta pacífica nos muestran que el silencio hace parte de los escombros del conflicto armado y del patriarcado, que la mujer necesita y está creando por sí misma nuevos canales de comunicación y de denuncia, nos muestran que la guerra también está sobre sus hombros y que la verdad no es completa sin la voz de cada una de ellas, voz que se centra en la recuperación del territorio, en la reconstrucción de sus vidas y en la reparación de sus comunidades.

Ahora bien, la invitación es a que  se construya en cada una de sus comunidades una forma de narración que permita reparar y sanar las heridas de la guerra, que no excluya y que no revictimise. Eso solo depende de cada uno de nosotros como estudiantes y futuros profesionales, en nuestras manos está la creación de nuevas narraciones, de testimonios esperanzadores a través del canto, de la poesía o del baile. Memorias vivas que nos permitan recordar, reconstruir y amar.